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05/06/2006: "El regalo de Aurora (I)"
music: Another Devil Dies - Badly Drawn Boymood: arrancando
A los pies de La Alcazaba y bajo una luna llena de Mayo, Aurora observaba su nuevo tesoro. Aquella misma tarde, el viejo Wenceslao le dio una piedra como regalo de cumpleaños no se había fijado en las extrañas vetas azuladas que se reflejaban a la luz de la Luna. Realmente, cuando el viejo estibador le dio el regalo quedó maravillada por la caja de taracea que lo contenía y muy defraudada por la pequeña piedra de siete puntas que contenía. El anciano ya le había regalado en otras ocasiones cantos de caprichosas formas, conchas de colores extraños y pequeñas tallas de madera hechas por el pero ninguna tenía utilidad aparente y eso, para una niña que cumplía doce años, comenzaba a ser más un estorbo que un presente. Comparado con los zarcillos que le había regalado Dolores, su vecina, o el bolsito de su abuela, aquella piedra le parecía un regalo para niños y no había calificativo más despreciativo que aquel en el vocabulario de Auroral. No fue hasta el trayecto en autobús desde San Andrés hasta su casa, a los pies de La Alcazaba, cuando Aurora comenzó a fijarse que aquella piedra era diferente. No era el habitual canto rodado de extrañas formas que Wenceslao pacientemente seleccionaba en sus largos paseos por La Misericordia. No era tampoco una piedra pintada comprada a unos hippies en cualquier tenderete callejero. Era una piedra con forma de estrella de siete puntas que, a los ojos de Aurora, no tenía ningún signo de haber sido tratada por las manos del hombre ni por máquina alguna. Pero lo que le llamó realmente la atención de la muchachita fueron los diminutos dibujos que coronaban cada una de las siete puntas por una y otra cara de la piedra. En una curva prolongada creyó ver un pájaro al que confundió tras un brusco frenazo con una letra t o el signo más. Adivinó un sol y una nube mientras el autobús aceleraba como si fuese un formula uno. Dedujo algo parecido a una U, una M y una L mientras cruzaba el Muelle Heredia . Y de lo que estaba segura es que había una A, aunque no tuviese el segmento que la cruzaba por la mitad hecho que descubrió al bajarse en la parada de la Aduana. Una A era una premonición para Aurora. Todo a su alrededor tenía Aes: su nombre, sus abuelos, la Alcazaba, la Aduana, su colegio San Agustín… Esa piedra sería su nuevo talismán. Y como cabía perfectamente en su mano, la cerró sobre su puño y no la volvió a liberar hasta que subió a su pequeño dormitorio donde, siguiendo su ritual, cerro puertas y ventanas, miro debajo de la cama y la guardo en su pequeño cofre con llave antes de bajar a cenar con sus abuelos para celebrar su decimosegundo cumpleaños.
Y allí estaba Aurora sentada en la acera mientras sus abuelos hablaban con los vecinos, con su pequeña piedra en la mano, acariciándola como si de un cachorro se tratase y asombrada por el extraño brillo que desprendía, sin imaginar como cambiaría su vida a partir de aquel momento.
G.-
Nota: Dedicado a S.R. por hacerme ver que las cosas no entrán siempre donde uno quiere meterlas aunque tenga un marillo neumático.

