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11/26/2006: "En el Museo de las catcumbas misteriosas"
music: Pablo Picasso - The Modern Loversmood: Iniciatico
Son cinco inviernos y la curiosidad se ha apoderado del mi Pequeña Tornado arrastrándome al río de sus descubrimientos. Y yo más que encantado que me pregunte por el sexo de los ángeles; que me contraste sobre lo grande que es su dedo y lo pequeña que es la montaña en el mapa; que reordene su pequeño universo continuamente a la entrada de cada nueva información que la apasiona, la desborda, para ser finalmente dominada e incorporada a sus usos y costumbres. Ya lee y, ojalá, ese sea uno de los vínculo fuertes que nos aten de por vida. Pero hoy no se trataba de leer. Hoy era ver.
Hace un par de semanas comenté que un día la llevaría a un museo y, saliendole toda su vena de project manager me dijo algo así como: "Pues vamos la semana que viene". No había ni el más mínimo viso de duda en su sentencia. Estaba claro que hoy nos tocaba ir a un museo y me la he jugado: he elegido un museo de arte dedicado a Pablo Ruiz Picasso. Tras casi veinte minutos caminando a paso ligero, sin chuches ni botellines de agua, con su constante "estamos ya cerca" como sintonía de fondo, llegamos a las dependencias de la colección en el centro de la ciudad. Una palacete completamente restaurado que con su gran puerta nos recibia y tragados por su escalinata ha captado la atención de mi pequeña. No había terminado de pagar la entrada cuando la curiosidad ya me ensartaba con un "pero si aquí no hay ni un cuadro" y abusando de su mínima paciencia la he llevado en volandas hasta la primera sala de exposiciones y todo ha cambiado. De un lado para otro, fijándose en los detalles, no solo de la obra, sino de la sala, las asistentes, las plantas de los descansillos o los techos de madera, mi Tornado ha disfrutado a su manera de aquellos extraños cuadros en los que ella se veía reflejada. Pues con todo el respeto para el maestro de maestros, muchas de las obras expuestas mi hija las ha confundido con los dibujos que en clase realizan ella y sus compañeros de clase. Esa era, sin duda, una de las magias del autor del Guernica.
Y cuando la novedad de las pinturas pasaban a ser algo cotidiano, golpe de efecto paterno, y la sumerjo en las ruinas que se encuentran en la base del antiguo palacete. Fenicios, romanos, árabes y señores del siglo de oro. Las bases de sus casas, fortalezas, almacenes expuestas a la imaginación salvaje de una niña del siglo XXI que ha construido y desmoronado todas esas civilizaciones en su cabeza en cuestión de minutos. Y como botón de cierre una pequeña reliquia egipcia traida por los fenicios que la quería como fuese. Y me ha costado explicarle que es única y que ahí debe quedar para que puedan verla todas las personas que por alli pasan. Ese breve paso por la historia la ha cautivado y ya busca la manera de volver al pasado cuanto antes.
De vuelta, nos tomamos nuestra coca cola con patatas. Intentamos comprar chuches pero todo está cerrado. Comentamos todo lo que hemos visto y nos emplazamos para repetirlo en otro museo en unas semanas (*). No hay cansancio en sus pasos: Ella levita por las nuevas en su vida. Yo por su sonrisa.
(*) Desgraciadamente mi ciudad carece de una red de museos decentes por lo que tendré que empezar a hacer un catálogo de museos de provincias limítrofes

