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03/11/2007: "¿Qué me queda de aquel 11-M?"
mood: Acongojado
Pasa casi de puntullas este tercer aniversario del magnicidio de Madrid. Parece que el Domingo, el sol primaveral y el olvidadizo sentido de la solidaridad del hispano de pro han logrado hacer que solo tres años más tarde de aquel terrible atentado parezca que hayan pasado cien años. Y el año que viene quinientos...
Recordar el pasado es siempre un ejercicio cargado de parcialidad. Cada uno vivió los acontecimientos y los ha desarrollado en el tiempo de una manera completamente diferente. Y por mucho que cualquier tipo de prensa o medio intente contar su verdad sobre un hecho, la percepción de los cohetaneos que lo vivieron de una u otra manera será dificilmente alterable. Mi recuerdo del 11-M es muy agrío. Agrío por el desarrollo de los acontecimientos, por el miedo a encotrar a algún conocido entre las víctimas (que alguno había aunque ninguno que lamentar más allá del susto) y por mis percepciones enfrentadas sobre el origen y desenlace de aquella situación. Aquel cóctel de indertidumbre y descontrol puso en jaque fundamentos vitales que hasta el momento no me había planteado. Tal vez fue por ser el primer gran atentado en mi era como padre, tal vez por la proximidad de los lugares en los que, de alguno u otra manera, había vivido en mi periplo madrileño o tal vez porque a los treinta todo cambia. Recuerdo los comentarios de cafeteria, los telediarios de todo el día, internet petado y las radios largando a todo trapo sin tener, creo yo, demasiados fundamentos. No recuerdo mis últimas horas del día. Creo que estaba mentalmente agotado... Nuestra memoria es sabiamente selectiva y nos reduce los malos tragos.
Pasarán mil cincuenta años y me seguirá quedando esta sensación agría que me viene cada vez que se recuerda el tema. Pero, por muy agría que sea, no puedo dejar que el olvido arrastre de mi recuerdo aquel día. Ni a los inocentes que se marcharon sin nunca saber porque. Ni al terror gratuito que nos secuestró durante aquella larga mañana de marzo. Y, mucho menos, al hombre que era que se acongojó ante aquel acontecimiento y sintió que, ante aquella situación, todos éramos como papel a un centímetro de la lumbre. No puedo olvidarlo. No quiero olvidarlo.

