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11/05/2007: "Recuerdo a Rodrigo"
mood: Destierro
Este poema me lo aprendí por vocación, es decir: sin presión académica, en segundo o tercero de EGB. Era la página que más me gustaba de un aburrido libro de aquello que llamábamos Lenguaje. La ilustración de unos caballeros pesadamente armados en la puerta de una casa de piedra a lo Hernadez Palacios me parecía increible. Y tal vez, después de "cultivo una rosa blanca" fue la segunda poesía de la que tuve consciencia.
Hoy recuerdo a Rodrigo, el hombre más que el guerrero y lo compadezco al tiempo que lo admiro. No me importa si su leyenda está inflada o simplemente mal contada. Es el paradigma del que se enfrenta y asume sus consecuencias sin doblar la rodilla, poniendo tierra de por medio tal como se lo exigía el rey. No todos tenemos ese carácter en todo momento pero cuando nos surge, bajo extrañas circunstancias de presión y temperatura, lo apreciamos como el que descubre un tesoro. La lástima es que el olvido es fiel compañero y nos hace perder la pista de esa condición cuando menos te lo esperas. Y no hay mejor recuerdo que las palabras de Don Manuel, maestro y, a su manera, otro Rodrigo.
El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.
El ciego sol, la sed y la fatiga...
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga.
Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde... Al pomo de la espada
y al cuento de las picas el postigo
va a ceder. ¡Quema el sol, el aire abrasa!
A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules, y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
-Buen Cid, pasad. El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sol el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
En nuestro mal, ¡Oh Cid!, no ganáis nada.
Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros.
Y una voz inflexible grita: -¡En Marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga...
por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hiero-, el Cid cabalga.
Miro hacia atrás y me sorprendo ante aquel ejercicio de memoria en el que la mitad de las palabras eran auténticas desconocidas y la otra mitad posibles falsos amigos. No me sorprendo de mi capacidad memorística que con el tiempo se ha demostrado completamente baldía sino de la cabezonería que puede llegar a tener un niño de menos de diez años. Me sorprendo casi hasta asustarme.
Tengo grabado a fuego en mi cabeza estos párrafos junto a las estrofas de "Por que nadie encuentra lo que busca" y los diálogos de Peter Pan. No doy para mucho más. Pequeños recuerdos que me trasportan a días no tan lejanos...

