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11/22/2007: "Bruno y el Cornudo"
music: Distance - Astridmood: Pletórico
Estaba la mayor parte del tiempo solo. No es que fuera asocial ni marginal. Simplemente le gustaba estar solo. Cuando se incorporó a la oficina, lo invitábamos a que se uniera a nuestro sagrado desayuno y ahora entiendo que su participación durante las dos primeras semanas con nosotros fue pura cortesía. Estaba diez minutos escasos, evitaba entrar en polémica, deporte favorito de todos los asistentes, y cuando no te dabas cuenta había salido por la puerta sin dejar rastro. A partir de la segunda semana, siempre tenía un correo urgente que enviar, un informe a terminar o una malintencionada conferencia que le había caído justo en esa media hora. Algunos compañeros se molestaron al principio. A mi no me parecía mal. Si aquel tipo prefería relajarse tomando su zumo de uva y una de esas barritas energéticas con sabor a melocotón en su puesto mientras escudriñaba la pantalla de su portátil me parecía perfecto. Hasta cierto punto había algo que admiraba de su independencia desde el primer día que llegó pero no supe descifrar qué era hasta que nos dejó. Aquel tipo se llamaba Bruno. Andaba en la primera mitad de la treintena, de excelentes maneras y una apariencia envidiable. No llegó a estar ni seis meses con nosotros y durante ese tiempo ocultó su secreto de manera magistral.
Viéndolo con perspectiva y si fuésemos tan inteligentes como nos considerábamos en la sala de descanso, teníamos que haber deducido que aquel tipo no era un trabajador corriente y moliente. Era muy inteligente pero sin ser pedante. Realizaba su trabajo con una meticulosidad y precisión digna del mejor relojero pero sin caer en el barroquismo del creído. Hablaba cuatro idiomas, que conociésemos, y su facilidad para tratar con jefes y clientes hacía que el resto nos sintiésemos como niños de parvulario ante un doctor en lenguas muertas. Y para colmo, no se como, alguien dijo que su nomina era de lo más bajito que había en la sala. Las únicas afrentas que se le podían hacer eran su obsesión por estar frente al ordenador el mayor tiempo posible y la incertidumbre con el horario. El primer punto era algo habitual entre muchos de mis compañeros y colaboradores que han acabado haciendo su vida alrededor de la maquina de los bits. El segundo era más extraño. Todos teníamos flexibilidad en el horario. Algunos tenían algo más que flexibilidad, pero lo de Bruno era para un libro: No había un día que entrara a la misma hora que el anterior; se ausentaba durante horas en tiempo de trabajo sin mediar palabra; y nadie sabía realmente a que hora se marchaba. Lo cierto es que a pesar de ese caos de horario el tipo entregaba todo a tiempo y en calidad buscando siempre el interés colectivo sobre el suyo personal. Los que menos debían se quejaron al responsable oportuno pero cuando después del primer mes sacaron la gráfica comparativa de productividad de Bruno respecto a todo el departamento, se callaron para siempre antes que la cosa se afinase y lo comparasen a el con aquel al que le pusieron el apodo de "El Semiperfecto". Curiosamente no fuimos los habituales en bautizar a los nuevos. Esta vez fue una compañera, Lidia M, la que embelesada por el físico, la inteligencia y las maneras del muchacho supuso que algo malo debería ocultar pues nadie podía ser perfecto y este era lo más próximo que había visto nunca. Tal vez el día que tuve la clave de todo frente a mi y no me di cuenta fue aquel que llegué a la oficina muy temprano. Estaba completamente seguro que no habría nadie y pasé de encender las luces de toda la sala como mi buen acto ecologista del día. Caminé hacia mi sitio y vi el reflejo del monitor sobre la cara de un Bruno que parecía completamente ido. Me acerqué a saludarlo pero el tipo no parecía darse cuenta que me aproximaba. Cuando estuve a un par de metros de él le di los buenos días pero el tipo no se inmutó. Me fijé en sus ojos y no parpadeaban. Estaba extasiado contemplando el monitor. Creyendo que algo grave le ocurría le toque en el hombro pero tampoco respondió. Dejé caer mí vista en la pantalla y encontré lo que parecía un complejo programa de mensajería en el que estuvieran conectados cientos de personas al mismo tiempo enviando mensajes en cien lenguas diferentes y enviándose cientos de imágenes al mismo tiempo. Los mensajes caían sin parar y el efecto hipnotizador de aquella pantalla, junto con mi estómago vacío, me hizo que casi perdiera el equilibrio. Retiré mi vista rápidamente y agarré al tipo fuertemente por el hombro. Parecía no reaccionar pero finalmente sus ojos parpadearon, me miró como el drogadicto recién colocado, y me dijo: "Tampoco hubo suerte esta noche..." dejando caer su espalda contra la silla sin ningún control. En su mano izquierda tenía una foto muy gastada de una mujer de tamaño poco mayor que una de carné. Mi instinto de recuperación me dirigió a la máquina del café. Me hice con un triple muy cargado, saqué un par de colas y un bollo de chocolate para que la mezcla no cayera en vacío. Gracias a las ruedas de la silla lo pude empujar hasta el cuarto de baño. Abrí un retrete, metí la cabeza del don Juan cibernético dentro y tiré de la cisterna. Era más sencillo que intentar levantarlo hasta el lavabo y estaban a punto de llegar los más madrugadores a la oficina. Tras dos bocados al bollo y el primer sorbo al triple, Bruno pareció volver de donde hubiera pasado la noche. Me miró sorprendido, se miró al espejo aún más sorprendido por su deplorable aspecto pero en cuestión de segundos tomó el control de la situación, me dio las gracias muy efusivamente y, tras invitarme a un desayuno pantagruélico en la el Hotel, me pidió que no comentará con nadie que lo había pillado chateando pues podía meterse en un buen lío. Yo juré sellar mi boca para siempre pero me quedé con las ganas de preguntarle qué programa era ese que utilizaba para chatear pero creo que me pareció poco apropiado sacar a relucir un tema del que me había dicho no quería hablar. Nadie supo de ese acontecimiento hasta semanas más tarde cuando Bruno ya nos había abandonado.
Aquel jueves de finales de Noviembre Bruno no llegó a la oficina a primera hora. Tampoco llegó cuando estábamos tomando el desayuno. Nadie se extrañaba, asumíamos que el cuatro por cuatro de los profesionales del teclado tendría alguna de sus ausencias justificadas que no impedirían su rendimiento superior. Era aproximadamente la una de mediodía cuando Boris, el becario de RA, gritó: "¡¡¡Venid, venid es una pasadas!!!". Imaginé que era el típico video cachondo que ya me llegaría por alguna alma caritativa y seguí con lo mío. De repente, Toni me llamó agitado. Llegué al sitio de Boris y vi. que estaba enganchado con un canal de TV por inet. Me costó descifrar la imagen pero con la ayuda de los presentes, cada vez más numerosos, entendí que era una toma desde un helicóptero sobre el centro económico de La Ciudad. Un tipo con un traje negro de cuerpo entero y una máscara de lobo levantaba un coche con sus manos y lo estrellaba contra la Fuente de la Solidaridad. Pero en vez de romper la fuente el coche golpeó algo antes que lo descubrió ante las cámaras. Era una criatura de aspecto infernal, recién salida de una película de serie Z, con su hocico supurante bajo su único ojo de color perla, sus tres pares de cuernos bien retorcidos y un taparrabos que no cumplía con su cometido. Llevaba un garrote en una mano y una chica desmayada en la otra. Mis compañeros más jóvenes identificaron al hombre que vestía de negro como Wolfchild y a la bestia ciclópea como Maird El Cornudo. Algunos decían que la chica era TechTutor y otros apostaban por La Reina. A mi todo aquello me venía muy largo. Hacía tiempo que no me interesaba por los supertipos por muy poderosos que fueran. Me habían demostrado su inutilidad en una y mil ocasiones y, los que no caían en combate acababan sus días en ferias de frikis o en versiones eróticas de gran hermano. Me alejaba del monitor cuando Boris volvió a gritar: "Le ha dado en toda la cara y le han quitado la máscara". Me giré instintivamente y allí estaba el bueno de Bruno con un moratón en un ojo, la nariz casi reventada y escupiendo sangre por la boca. Parecía que nadie se hubiera dado cuenta que aquel tipo era el mismo que habíamos tenido en los últimos seis meses a nuestro lado. Yo me callé. Quería disfrutar de aquel momento en solitario. Aquel tortazo parece que hizo reaccionar a Wolfchild y contraatacó con tal violencia que en tres segundos la bestia Maird había perdido el brazo de la porra y tenía el brazo derecho de Bruno metido por su ojo haciendo que se desplomase hacia atrás. Antes que la chica tocara el suelo, Bruno la sostenía como si fuera un bebé. Desde el cielo la identifiqué perfectamente con la chica de la foto de Bruno. La cámara se acercó todo lo que pudo en el momento en que sus caras se aproximaban. No se si se besaron o simplemente se dijeron algo al oído. En el siguiente fotograma ya había rastro de la pareja. Y aunque su ídolo hubiera desaparecido todos los que estaban alrededor del monitor vitorearon a Wolfchild y algunos hasta saldaron apuestas que hicieron silenciosamente durante el combate. Abandoné el grupo y me dirigí al puesto de Bruno. Todo estaba impecablemente ordenado, su computadora correctamente bloqueada y ni rastro de la foto de aquella chica.
Epílogo
Al día siguiente llegó una notificación de baja de Bruno en la Empresa. Se despedía de todos con los tópicos propios de la ocasión y nos anunciaba que emprendía un nuevo rumbo profesional largamente esperado. Nadie se sorprendió y yo mantuve mi secreto hasta aquella noche un par de semanas más tarde. Tocaba nuestro NVC (Noche de Cervezas de los Viernes). Empezamos los quince de rigor pero a la décima ronda solo quedábamos Toni, Lucas, Boris el Becario y yo. En un momento de embriaguez máximo les pedí que jurasen que lo que les iba a comentar no saldría de allí. Todos bien borrachos juraron sin dudar y les conté la verdad sobre nuestro compañero Bruno. Toni comenzó a carcajearse como si fuera el chiste más ocurrente que nunca le contaron. Lucas me dijo una par de sus lindezas y pidió otra ronda. Sin embargo a Boris pareció encendérsele la bombilla y comenzó a hilar sobre mis comentarios. Me comentó que posiblemente el programa con el que encontré a Bruno podría ser un acceso con la Inteligencia Virtual Máxima, una teraAnalizadora del Ministerio de Defensa que se declaró insumisa, no la pueden apagar por el peligro que corre la seguridad del país, y opera en la clandestinidad apoyando a supertipos al margen de los grupos oficiales. También me dijo que Wolfchild empezó operando en la zona de la costa pero que durante bastante tiempo desapareció siendo sus apariciones muy puntuales hasta los últimos tres meses que volvió a operar en la zona costera. El muchacho quería seguir hilvanando pero, sinceramente, yo andaba más interesado en la nueva ronda de pintas que en hablar sobre un tipo que va en chándal a la guerra. El lunes siguiente Boris apareció en mi mesa con un montón de hojas impresas con fechas y fotos de las últimas actuaciones de Wolfchild. El muchacho se había pateado foros y prensa especializada sobre superdotados y aquella mañana la invertimos encajando con algunas de las ausencias más significativas de Bruno durante su tiempo con nosotros. El tipo le había partido la boca a medio infierno y a unos cuantos de cientos de matones. También leímos su perfil no oficial donde quedaba patente que era un genio intelectual con mas de siete doctorados a su espalda y que su poder provenía de un culto arcaico al Lobo que se mantenía en su familia. Finalmente sacó una imagen ampliada de un fotograma en el momento que perdió la máscara en su lucha con El Cornudo y vimos como claramente Wolfchild y Bruno eran la misma persona. Cuando Boris se marchaba le pregunté por la chica. Sacándome otro fotograma, este bastante más distorsionado, me dijo que se había constatado que no era ninguna estrella reconocida, que en algunos foro apuntaban a que podía ser su hermana pero que Pedro Carmona, uno de los mayores expertos del tema en la red, sostenía la teoría de un espíritu de la naturaleza vinculado con el Lobo y capturado por los demonios hace años que ha hecho a Wolfchild peregrinar hasta recuperarlo. Ante semejante explicación y la creencia con la que Boris me hablaba, mi mueca sarcástica me salió de oreja a oreja y agradeciendo su explicaciones hice como si fuese a volver a mi rutina pero antes miré los fotogramas impresos de Bruno y la chica y les dije: "No se en el mundo de Señor Lobo, pero en mi tierra ahí están las cuatro letras de la jodida palabra que todos buscamos".
PD: Hoy hace años de la comilona en la Rana de Ayamonte. WeeJ ya es doble padre y para mí los días siguen siendo extraños.

