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02/07/2008: "Me ha picado la puerta"
music: Cuando digo que te amo - Les Surfsmood: Embobado
Despertar en mi casa es una aventura diferente cada día. Más allá de las tensiones y amores matrimoniales, la salsa siempre la pone el pequeño Huracán. Ese personaje de rizos infinitos y gestos impredecibles, capaz de cantarte su versión más personal del "Cumpleaños Feliz" a las cuatro de la mañana como de darte el "abrazo fuerte" más cariñoso y sincero que mi espalda puede recibir, es una incógnita matutina que resuelvo con la pericia que me da mi ausencia de empatía infantil y mi mano izquierda de negociador implacable. No se si temerle más a las veces que está colaborador para arreglarse para irnos pues tiende a coger la puerta el solito y amagar con irse escaleras abajo o cuando se resiste en el que sus piernas y sus gritos hacen de la lucha un combate con el digno sucesor del demonio de Tasmania. Esta mañana ha tocado modo colaborativo, tan colaborativo que estaba despierto antes que yo pidiendo ver la tele. Se ha tomado su biberón a ritmo de Los Lunis y se ha vestido mientras repasábamos la lista de sus amigos (Nicolás el Mordisco, Cumpleaños Igor, la pérfida Andrea, Rocío "Apellido" G. o el misterioso Antonio). Tras la vestimenta, y mientras yo me intentaba prepara para salir, se ha dedicado a dar carreras para arriba y para abajo dando sus gritos y sus golpes contra todo lo que se ponía a su paso. Y en uno de esos topetazos ha dado contra el quicio de una puerta y, sin soltar una lágrima pero con gran indignación, me ha dicho: "Me ha picado la puerta". Con toda la seriedad y solemnidad que un bambino de dos años es capaz de poner a sus palabras para que su papitín aplique el castigo máximo a esa puerta traicionera, picadora y canalla. Y yo, conteniendo una risotada atronadora para no perder la solemnidad del momento, me dirijo a la puerta, con el huracán pisándome los talones, y con un trapo, que no se de donde ha salido, le doy tres sacudidas al quicio y mirando la sonrisa del pequeño le digo: "¿Más?" y el sin dudarlo me responde: "Mas, papi, más". Y la puerta se lleva una buena tunda para satisfacción de mi pequeño.
Después, camino a la guarde, tocamos el techo del portal, cantamos "por donde tu vayas", contamos las motos que se nos cruzan en el camino (solo hasta tres y vuelta a empezar), buscamos el "papa sim-som" que cuelga en una vieja camioneta que lleva sin moverse desde hace años, y al llegar a la puerta del parvulario, pulsa el timbre frenéticamente hasta que lo aparto violentamente, como a el le gusta. Se queda sonriente, sus "profes" lo quieren muchísimo y el a ellas. Yo me marcho de puntillas pues, a pesar de la felicidad, siempre hay riesgo de lágrimas y subo la cuesta partiéndome de risa pensando en como le había picado la puerta.

