[Previous entry: "La nueva del primo de Keko"] [Next entry: "Heroes: primer asalto"]
02/17/2008: "Hacen ya cuatro semanas"
El tiempo pasa volando y hace ya cuatro semanas del accidente de mi buen compañero. Sabemos que se recupera, lentamente pero evoluciona. Que el cuerpo empieza a responderle, no tan rápido como a el le gustaría pero le responde. Que empieza a dominar sus palabras y que tendrá que trabajar mucho para recuperar sus respuestas afiladas y su ironía desde la distancia. Y las recuperará pues, por lo que nos ha llegado, no es el suyo un problema de intelecto si no motor. Es más la capacidad de reeducar a los músculos de toda una parte del cuerpo y de ordenar palabras, significados y sonidos en su cabeza. Va a ser todo un reto del que estoy seguro que lo superará con creces.
Son la cuatro semanas y aún no hemos podido verlo. Es duro, muy duro pues el paisano siempre piensa que sería de gran ayuda para el doliente pero la situación es delicada y mandan sus deseos y el de los familiares. Yo, que pasé por una experiencia parecida, nunca igual, acepté las visitas de mis amigos y seres próximos a pesar de mi deplorable aspecto y pocos hubieran dado un duro por que lograría reconstruir una jeta que estaba a medio camino entre el jorobado de 300 y el Fantasma de la Ópera. A mi me favorecieron aquellas visitas en las que muchos no se atrevían a mirarme a la cara más de tres segundos seguidos y otros lo hacían pensando en que había destrozado mi vida para siempre. Pero aunque no pudiera moverme como me hubiera gustado, no pudiera reírme como yo solía o no pudiera rascarme allí donde más me picaba, yo podía hablar, con dos dientes menos y los labios de Angelina Jolie multiplicados por diez, yo podía hablar con soltura y eso es algo que no apreciamos hasta que no lo perdemos aunque sea temporalmente. De ahí que a pesar de mis ganas de "saltar" al hospital, pues esta a cien metro de mi casa, y entrar en la habitación para gastarle dos bromas y subirle el ánimo, me contengo y me compunjo y miro a la ventana esperando la llamada de la familia en la que nos den luz verde para, de manera ordenada y con la cartilla bien leída, acudamos a su lado para transmitirle el manido pero siempre necesario: estamos ahí. Y ahí estaré por el tiempo que haga falta.

