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03/14/2008: "Nizia"
mood: Volver
Todo pasaba muy deprisa en sus último días en aquella diminuta isla. Le había costado mucho entrar en el ritmo de aquellas gentes de aspectos formales y costumbres caóticas pero al final lo había conseguido. Era uno más de ellos: Sabía bailar el loco bui-bui; cantaba tradicionales como si hubiera nacido en el gueto de Rosas Negras y hasta había conseguido fumar la pipa de agua con malachaque sin atragantarse cada dos por tres. Disfrutaba cada segundo como si fuera el último y los nativos, conscientes de lo que aquellos tiempos significaron para su amigo, se los hacían mucho más especiales.
Llego el día antes de la marcha. El barco que lo devolvería a su mundo esperaba anclado en la tranquila bahía mientras él empacaba y se despedía. Por su casa pasaron todos y cada uno de los habitantes del islote. Desde las autoridades civiles y religiosas hasta los contrabandistas y los recolectores. Y todos y cada uno le dejaban un presente con el que lo recordara hasta su próximo encuentre en este o en el otro mundo. Para un extraño aquellos regalos no llegarían a la categoría de quincalla y deshechos pero para el eran pequeñas joyas cargadas de valor sentimental. El anciano marinero le tatuó un ave del volcán en su hombro derecho y su esposa le regalo una pulsera con conchas de marfil. El doctor le regaló un amuleto de caña seca que representaba la virilidad masculina en estado máximo y el farero un cinto de piel de quirama que decía podría sostener el peso de cuarenta hombres fornidos. Pero entre todos los regalos, una pequeña caja con cuatro cajoncitos diminutos fue la que atrapó su corazón. No era mayor que la palma de su mano y su grosor apenas superaba un cigarro bien liado. Era de un color granate pálido y los tiradores de cada cajón eran negros cabellos trenzados. El primer cajón que abrió guardaba el aroma del pequeño bosque tras el poblado principal. En el segundo cajón se oía el rumor de las olas rompiendo en el estrecho malecón que daba acceso a la bahía. La arena de la una pequeña cala donde los niños aprendían a nadar se palpaba en el tercer cajón. El cuarto cajón no tenía nada. Miró a Nizia, la mujer que se la regalaba que vio como de sus ojos cargados de lágrimas, la joven viuda tomó una y la puso dentro del cuarto cajón de la caja y se marchó. El guardó la caja en un bolsillo interior de su chaqueta y durante el resto de sus días la llevaría junto a su corazón. En la fiesta en su honor todos bebieron y rieron, gastaron bromas al viajero y entonaron todos juntos "La primera vez que te vea". Y aunque estaba embriagado antes semejante manifestación tan masiva de amor no dejó de echar en falta la presencia de Nizia, la viuda del cazador.
Al amancer, acompañado del doctor y el pequeño Mima, se montó en una chalupa que lo llevó al gran velero y miró por ultima vez la isla desde el mar. No hubo lágrimas ni tristeza pues sabía que volvería mucho antes de lo que nadie lo esperaría. Volvería.

