Aquella noche con Céciro
Eran temidos en toda La Ciudad. Salían bien entrada la noche sin rumbo fijo pero allí donde acabaran se sabía que iba a quedar completamente destrozado. No tenían ningún motivo en particular, solo el hecho de destruir por destruir. Acojonar por acojonar. Tenían tan buena suerte que la policía nunca llegaba a tiempo para detener sus barbaries y las denuncias que los agredidos y los propietarios de los garitos ponían parecían perderse en un laberinto de protocolos y procedimientos. Siempre salían victoriosos de sus reyertas y no satisfechos hacían públicos sus trofeos por toda la Red. Pero aquella noche su suerte se tornaría.
Conocí a Céciro por casualidad. Una amigo de un amigo nos presentó una noche y después de dos docenas de quintos fraguamos una extraña amistad que sorprendió a todos por su caracter extraño e inaccesible. Céciro era más bien pequeño, de cuerpo aparentemente frágil y cara aniñada. El día que lo conocí me dijo que tenía diecinueve pero una noche tras una borrachera impresionante me comentó que tenía veinticuatro. Lo cierto es que después de un para de horas hablando con él te dabas cuenta que, aquel tipo aniñado de pelo negro azabache y piel morena mate, estaba más cerca de cumplir setenta que veintitantos. En sus conversaciones se mezclaba la historia de La Ciudad con anécdotas, leyendas, familias de renombre y auténticos desconocidos que muchas veces vivieron hace más de doscientos años. Tenía un comentario de cada calle y casi de cada casa del centro y era curioso como tenía familiares dispersos por toda la Ciudad, la nueva y la antigua. No tenía teléfono y para quedar con el dejábamos un recado en la pastelería de una tía suya que siempre nos decía que si no llegaba a su hora no lo esperáramos. Con el tiempo me di cuenta que no le apetecía salir con mucha gente. Prefería quedar con un par de "todoterrenos" que lo acompañaran por un circuito de bares que con el tiempo descubrias y que iba desde las tabernas más antiguas y asquerosas pero con los caldos más sabrosos y el marisquito más fresco, hasta los bares más extraños y alternativos que nunca pensábamos que podían existir. Con dos copitas siempre se animaba y echaba piropos a la antigua a las mujeres, a las que prefería maduritas y de mirada vivaracha. Algunas madrugadas, se entonaba y nos cantaba algunas coplillas muy populares después de la guerra y sonetos improvisados a ritmo de sus puños contra algún capó de coche hasta que un vecino cabreado nos refrescaba la puesta de solo. Era Céciro un tipo tranquilo y muy permisivo con los bullangueros y otras aves nocturnas y por eso su reacción de aquella noche me dejó completamente asombrado y, por que no decirlo, aterrorizado.
Estabamos en Casa Tomás, una vieja tasquita en un callejón frente a La Merced. No eran más de las dos de la mañana y apurábamos nuestras copas sabiendo que a Tomasito le gustaba chapar no después de las 2.15. Aunque la puerta tenía el cartel de cerrado, Tomasito no había echado el pestillo para que los cuatro clientes que quedabamos, Cicero y yo y una pareja puretona habitual, pudieramos salir cuando nos apeteciera. Y de repente, un par de golpes de nudillos en la puerta como pidiendo permiso dejaron paso a una patada que sacó la vieja puerta de madera de sus goznes. Entraron nueve tipos. Atuendos normales. Peinados normales. Miradas desquiciadas y bocas afiladas. Tomasito cogió algo de detrás del a barra y les dijo: "Está cerrado. Aquí no se os ha perdido nada". Pero los muchachos, entre los quince y los treinta años, ignoraron las palabras del camarero y ocuparon la barra de un punta a la otra. Céciro y yo quedamos en una mesa bajita al final de la barra y la pareja madura en otra mesita a pocos metros de la puerta. Uno de los tipos dijo: "Vamos a empezar con una cervecita para cada uno. Y sácate algo de picar". Tomasito no se movió y volvió a decir: "Largaos". Desde que sentaron los tipos, veía como la pareja buscaba su oportunidad para abandonar el local a toda pastilla pero el miedo los agarrotaba y les impedía levantar sus amplias posaderas de los taburetes de madera. La muchacha tenía la cara descompuesta y la del tipo no la veía aunque si podía percibir el continuo cimbrear de su espalda como si fuera un junco en medio de un temporal. Al ver que Tomasito no ponía las cervezas, el tipo que estaba sentado en la parte más próxima a la puerta, una ropero de dos por dos con la agilidad de un gato montés, saltó la barra, abrió un cajón frigorífico y sacó botellines para todos sus amigos. Uno de los tipos que estaba sentado en el centro de la barra, al mirar la cerveza dijo: "Esto es una puta mierda" y la reventó con gran violencia contra las botellas de licor que tenía enfrente haciendo saltar cristales por toda la barra. Tomasito saltó como un resorte y con la barra de hierro cubierta de cinta adhesiva que tenía bajo la barra intentó golpear al tipo que había lanzado la botella. Pero antes de que fuese capaz ni de levantar la barra, se le abalanzaron dos tipos que estrellaron su perfil derecho contra la barra mojada y lo presionaron hasta que le costaba respirar. En aquel momento temí por mi vida como nunca antes había temido y me vino a la cabeza aquello de "Beam me up, Scotty". Miré por el estrecho bar algún sitio para esconderme pero estaba claro que si aquellos caníbales me querían triturar no tendría muchas escapatorias. En medio de todos aquellos miedos y fatalismos sobre mi futuro, Céciro se levantó tranquilamente y se dirigió a uno de los tipos que apretaba a Tomasito contra la mesa. Lo miró con su carita de niño bueno y le dijo: "Muchacho, este tío es buena gente. Déjalo que se levante y nos tomamos unas copitas tranquilamente y aquí no ha pasado nada". El tipo quedó por unos momentos sorprendido por la manera en que Céciro se le dirigía. Pero otro tipo, el más alto del grupo, rompiendo la botella contra el mostrador, se dirigió a mi amigo: "Hombre, ya tenemos el chulito de la noche. Esto anima la cosa pues con este me voy a cebar y no vamos a dejarle ni un hueso entero". Unos se rieron, otros rompieron sus botellas y los dos tipos que aprisionaban a Tomasito le dieron un apretón aun mayor contra la barra que culminó en el crujido prolongado del cartílago nasal rompiéndose. El gigante se adelantó. Yo hice el amago de agarrar una banqueta con las dos manos pero me fallaron las fuerzas. Y Céciro, sin mediar palabra y a una velocidad prodigiosa, cogió de la muñeca a uno de los dos agresores de Tomasito y como si fuera de papel lo dirigió contra su oponente, golpeando fuertemente cabeza contra estómago y quedando ambos en el suelo. La cara de sopresa del resto duró el tiempo suficiente para que Céciro hiciera una especie de presa en el muslo del matón que aun agarraba a Tomasito y lo que aparentemente parecía una caricia provocó un dolor tal en aquel patán que cayó desplomado en el suelo gritando como si le hubieran extirpado un brazo. Los otros seis tipos se avalanzaron sin dudarlo sobre Céciro que de un salto se subió en la barra y los encaró uno por uno. Al primero le golpeó con la punta de sus dedos la frente y después movió su mano violentamente hacia la pared de la izquierda donde quedó el cuerpo inerte del muchacho. El segundo aprovechó el movimiento para cruzar la botella rota contra la cara de mi amigo. Yo juraría que le había arañado toda la cara pero ni un rastro del posible golpe.Sin embargo, Céciro clavó su puño izquierdo en la mandíbula inferior de él, haciéndole que de la boca comenzará a salir sangre para que conforme se agachaba sobre su estomago, brotara un manantial de sangre, dientes y trozos de lengua que cayeron a escasos metros de mi. Aquel muchacho quedó tendido en el suelo y sus ojos estaban completamente desorbitados. El tercero y el cuarto se detuvieron en su ataque y fue Cícero quien los atacó haciendo añicos con sus manos el casco de una botella de brandy peleón que lanzó como balines contra los muchachos con los consiguientes gritos de dolor. A partir de aquel momento a Céciro le cambió la cara: sus rasgos se angularon, su boca a penas era una linea imperceptible en su cara, sus ojos se iluminaron y sus brazos parecía, al menos, un tercio más largos, así como sus piernas y espalda. No hacía nigún ruido. No cruzo palabra con sus adversarios y todos sus movimientos se producían a una velocidad y coordinación sobrehumana. El muchacho que había sacado las cervezas intentaba torpemente de salir de la barra cuando Tomasin descargó toda la porra metálica en su espalda dejandolo KO. El último superviviente salió corriendo por la puerta pero, antes de alcanzar el marco de la puerta, Céciro había dado un salto, se interpuso en su camino y comenzó a puntear el pecho del muchacho con las puntas de sus dedos hasta que cayó sobre sus pies completamente inconscientes. No había nadie de pie entre Céciro, en la puerta, y yo, en la parte más trasera del bar, así que pude ver claramente como de su bolsillo izquierdo Céciro sacaba una hoja de metal no mayor que la palma de su mano y de forma circular. Se acercaba al bravucón que se había enfrentado con el hacía menos de tres minutos. El tipo se intentaba levantar del suelo pero la cabeza de su amigo permanecía clavado en su estómago. Lo cogió del pelo, lo levantó del suelo con la mano izquierda casi medio metro como si de un fardo de tela se tratase y con la derecha se proponía a pasar la cuchilla por la cara cuando algo en mi interior me hizo gritar: "NO". Céciro me miró y en sus ojos, pese a la carga de adrenalida y tensión que transmitían, estaba el mismo tipo con el que me había juergueado tantas noches. Como si ignorase mi interrupción pasó la cuchilla muy cerca de su cara, la reflejó en la pulida superficie y tras un violento movimiento estrello el cuerpo del chaval contra la parte baja de la barra. Guardó la cuchilla como el que hace un juego de manos y recompuso su vestimenta volviendo a su apariencia normal en un dos por tres. Miró a Tomasito y le dejó un fajo de billetes sobre la mesa, me hizo un gesto para salir, y se despidió con un "Buenas noches" de la pareja que permanecía cogidos atemorizados mientras se cogían de las manos.
No comentamos nunca lo que pasó esa noche con nadie. Al día siguiente los periódicos se hacían eco de la brutal pelea que se había producido pero en ningún momento, ni en las declaraciones de los muchachos ni en la de Tomasito aparecíamos nosotros. Al poco de aquello Céciro desapareció por unos meses y nuestras quedadas se descontinuaron. Su tía, la de la pastelería, me dijo que estaba de curso en el extranjero. Nunca le conocí ni estudios, ni oficio ni beneficio. La última vez que lo vi fue hace un par de años. Estaba exactamente igual que el día que lo conocí. Nos alegramos mucho de reencontrarnos y le pasé mi teléfono móvil y mi dirección de correo. El me dijo que si quería contactar con el pasara por la pastelería aunque últimamente estaba muy liado. No lo busque más aunque se positivamente que me lo volveré a encontrar cuando lleguen tiempos difíciles.
Dedicado a DD y a nuestras extrañas salidas allá por mediados de los 90
El Escapista, 03.28.08 @ 11:53 PM CST [link]